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El CATEDRÁTICO Y EL PROFETA… ¡UNA INCREÍBLE HISTORIA DE RESTAURACIÓN DIVINA!

  • By Ernest Ketcha Ngassam
  • / Mar 10, 2017
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«Porque ni de oriente ni de occidente, Ni del desierto viene el enaltecimiento.
Mas Dios es el juez; A éste humilla, y a aquél enaltece». (Salmos 75:6-7).

Un episodio que nos recuerda a la historia bíblica de la humillación de Nabucodonosor, este catedrático y magnífico empleado de una de las empresas más punteras del mundo en desarrollos de software se encontró de pronto sin trabajo. Su esposa, diplomada también y trabajadora de una organización internacional, perdió al mismo tiempo su empleo y él, como pez fuera del agua, se lanzó a buscar con desesperación un medio con el que ganarse la vida. Al final, se vio obligado a aceptar un puesto degradante para su ego. Pero la mano todopoderosa de Dios lo alcanzó, al tiempo que el Profeta T.B. Joshua oraba, restaurando su honor y su prestigio de forma milagrosa.

Ernest Ketcha Ngassam hizo clic con el ratón de su ordenador y un nuevo correo electrónico se abrió en la pantalla. Lo remitía el vicepresidente de su empresa. Reunión urgente, decía. Estaba acostumbrado a esa clase de correos, pero aquel le daba un pálpito diferente. Acabó de leer las pocas líneas y sonrió. Por fin había llegado el momento, se dijo, e intentó contener la excitación. Los signos habían hablado con claridad: él ocupaba un puesto clave dentro de su departamento, y la empresa estaba reorganizándose. Su experiencia y capacidad eran herramientas de las que la empresa se había venido beneficiando y seguía necesitando, incluso en mayor cantidad.

El aire acondicionado creaba ráfagas de viento invernal que soltaba por la rejilla, y él estaba cerca de la máquina. Aun así sacó un pañuelo, ya que una desafiante gota de sudor le había brotado del nacimiento del pelo y resbalaba por su frente, y habría terminado metiéndosele en los ojos de no haber estado rápido. Al final de la mesa de la sala de conferencias estaba el vicepresidente que, como un cirujano, había diseccionado lenta y cuidadosamente la situación crítica de la empresa, dando al traste con la excitación de Ernest. Él esperaba escuchar: «¡Enhorabuena! Te hemos ascendido a Director del Departamento de Innovación». Pero lo que en realidad había escuchado había provocado aquel repentino absceso de sudor: «El departamento va a quedar desmantelado con efecto inmediato».

Aquel había sido el primer golpe que se llevaba su familia, pero el que estaría a punto de noquearla no tardaría en llegar. En la organización internacional con base en Sudáfrica donde trabajaba su mujer como licenciada, llegaron los problemas. En 2012 las cosas habían empezado a ponerse «complicadas». Su mujer se desplazó con rapidez a la Sinagoga, Iglesia de Todas las Naciones (SCOAN) en enero de 2013.  A su vuelta, fue recibida con alegría por su marido, pero la tristeza también le aguardaba en forma de carta de despido. Ernest sabía que aquel iba a ser un punto de inflexión en su vida. Después del despido de su mujer, él había asumido solo el mantenimiento de la familia con su buen salario, esperando además un ascenso que podría suavizar el momento, pero en aquel momento…

«Mi familia y yo teníamos un futuro halagüeño», relató. «Yo estaba convencido de que podía alcanzar el éxito sin necesidad de tener una relación intensa con Jesús, siempre y cuando siguiera haciendo lo que yo creía que estaba bien. Hasta entonces había cuidado bien de mi extensa familia, atendiendo a los más necesitados».  Tras la muerte de su padre en 2011, que había sido siempre su «brújula moral, abracé de todo corazón Emmanuel TV y la SCOAN», y cuando se dio cuenta de que necesitaba una «relación personal con el Señor», comenzó a ver el canal con asiduidad. Las tempestades de la vida, sin embargo, no respetan a nadie, y mucho menos a los recién llegados al cristianismo. Se había quedado sin trabajo. Su esposa se había quedado sin trabajo. Ernest Ketcha Ngassam comenzó a sentir miedo.

«Al despedirnos nos ofrecieron seis meses de salario con los que poder mantenernos mientras buscábamos otra cosa. Yo estaba convencido de que con mi preparación y experiencia encontraría otro trabajo antes de que concluyera ese periodo, y también antes de que se acabara el dinero, y comencé a responder a anuncios de trabajo que encajaban con mi experiencia».

 La temible cuenta atrás comenzó.

Muchas de sus solicitudes no prosperaron, pero una importante empresa de telecomunicaciones concertó una entrevista, y Ernest sintió que su búsqueda podía estar acercándose al final. Todo salió «muy bien». Y para sellar el asunto, por así decirlo, llamó a la Línea de Oración de La SCOAN y «cuando el Evangelista oró por la victoria en la entrevista, yo respondí: ¡Amén!».

Pasaron varios meses y no sabía nada de la empresa, y tras varios intentos infructuosos de hablar con el director de personal, su llamada por fin obtuvo respuesta:

-Buenos días, señor.

-Buenos días. ¿En qué puedo ayudarle?

-Sí… soy el Profesor Ernest Ketcha Ngassam. Me hicieron una entrevista hace unas semanas. Quería darle las gracias por…

-Ernest… Ernest… Ernest… déjeme ver -hubo un momento de silencio-. ¡Ernest! ¡Claro! ¿Qué puedo hacer por usted?

-Es que no he recibido información sobre la entrevista, y he pensado que no estaría de más llamar por ver si…

-Sí, sí, perfecto. Hemos revisado ya la entrevista y las pruebas que hizo. Impresionante, he de decir. Pero lamentablemente está usted demasiado cualificado para el puesto que ofrecemos.

No tenía sentido insistir. El director le agradeció su interés. Aparentemente el asunto estaba cerrado.

«Empezaba a ponerme nervioso. El dinero que me había dado la empresa se iba agotando, y ya no iba a ser capaz de mantener a mi familia. Mis hijos tenían miedo, mi esposa se sentía confusa, y yo empecé a culpar a Dios. Le dije que, con permitir que Sus hijos pasaran por semejantes circunstancias, estaba dejando que satanás disfrutara a sus anchas».

En una extraña demostración de fe y valor, a pesar de todo, Ernest echó mano del fondo que tenía ahorrado para la jubilación y contribuyó al Fondo para los Mártires de la Fe en La SCOAN, y en sus propias palabras, hacerlo le hizo sentirse «muy feliz». Y añadió: «Una vez hecho el esfuerzo recibí en sueños muchos mensajes de apoyo y promesas de Dios».

Para aquella mujer, el suicidio era un modo de salir de todos sus problemas. Su matrimonio había caído en barrena, pero el accidente fatal fue evitado por la oportuna intervención de Ernest y su esposa. «Logramos convencerla de que cambiase de idea mediante oraciones y la semilla de la fe». Un año después, pasado ya el peligro, «esta señora se puso en contacto conmigo a través de Internet (Yo la ayudé antes a encontrar trabajo en una fuerte organización dedicada a la banca). Quería que colaborase con ella en una serie de recursos que se necesitaban en el banco». ¿Podría tratarse de un rayo de luz en la oscuridad del túnel?

«Di un paso al frente y le dije que estaba sin empleo, a lo que ella me contestó que le enviase mi currículo. Unos días después, me informó de que una empresa de telecomunicaciones necesitaba con urgencia un Jefe de Proyecto. El puesto quedaba bastante por debajo de mis expectativas, pero ella me aconsejaba que lo aceptase y mientras siguiera buscando algo mejor. Le dije lo que ganaba al director de personal y dijo que me contratarían. Pasaron muchas semanas sin noticias, y un día me llamó para decirme que mi salario era muy elevado y que la empresa quería a alguien que estuviera dispuesto a aceptar la mitad. Mi hijo me aconsejó que aceptase la oferta y lo hice».

– De acuerdo –contestó el director-. Vuelvo a llamarle en unos minutos.

-Gracias. Espero su llamada –contestó Ernest, con una mezcla de sentimientos pero aliviado porque pronto concluiría el mes y se llevaría una paga a casa.

Pero el teléfono no volvió a sonar.

El mes de agosto de 2015 se estaba acabando. «Tuve miedo», refirió Ernest, «y mi familia también. Todo era un desastre, y yo no sabía dónde acudir. En un mes no tendríamos dinero para hacer frente a nuestras obligaciones financieras. Estaba desesperado. Había agotado todas mis opciones de encontrar trabajo. Imposible hallar un puesto acorde con mi preparación. Me sentía muy confuso». Había llegado el momento de conducir hasta la parada final: Dios.

«Llamé a una agencia de viajes y reservé plaza en el primer vuelo disponible. En un abrir y cerrar de ojos, estaba en La SCOAN el 20 de agosto de 2015, con lágrimas en los ojos y pena en el corazón. Tuve el privilegio de poder formar parte de la congregación en el Servicio Dominical del 23 de agosto. Estuve también en el Monte de la Oración, y compartí el Altar de la Fruta».

24 de agosto de 2015. Un profesor aguarda con ansia. El punto culminante de su visita a La SCOAN había llegado. El Profeta T.B. Joshua había comenzado a orar por la gente que aguardaba en la Línea de Oración. Cada paso que daba, cada movimiento de su mano, generaba una ola de actividad. El profesor veía cómo la gente que un momento antes estaba sentada, se alzaba gracias al poder del Espíritu Santo. Vio que otros eran liberados en el nombre de Jesús y abrían los labios para que las fuerzas que los habían retenido cautivos confesaran verdaderas atrocidades. Era cuestión de minutos que el Profeta se encontrase cara a cara con el catedrático Ernest Ketcha Ngassam.

Sintió de pronto una gran autoridad.

«Sentí que me tocaba la Todopoderosa mano derecha del Señor a través del hombre de Dios, Profeta T.B. Joshua, y aunque no me derrumbé ni caí al suelo como otros, el río de lágrimas que corría en mi corazón se secó de inmediato».

Al día siguiente, Ernest recibió el primer signo de que se hallaba ya en el camino a la recuperación: «Soñé que una empresa me llamaba ofreciéndome un trabajo. Al día siguiente, muchas empresas de cazatalentos y departamentos de Recursos Humanos de empresas radicadas en Sudáfrica empezaron a llamarme por teléfono. Las entrevistas de trabajo comenzaron en cuanto salí de La SCOAN el 27 de agosto».

No tardó en recibir la llamada de un director: «Su solicitud para el puesto de Jefe de Proyecto ha sido aprobada. Por favor, póngase en contacto con Recursos Humanos para más información».

Yo no tenía ingresos que garantizaran el bienestar de mi familia, de modo que acepté de inmediato, aunque careciese de experiencia en ese puesto.

«Fue una pesadilla», explicó. «Después de ser Director de Proyectos durante mucho tiempo, bajar un escalón y volver a ser Jefe de Proyecto resultaba humillante. Además, era nuevo en ese sector. Decidí enfrentarme a ello con buena fe, aunque muchas veces me echaba a llorar. También ministraba el Agua de la Mañana cuando llegaba a mi puesto de trabajo. Por otro lado, decidí aprender cuanto pudiera sobre telecomunicaciones. Por la gracia de Dios, todos los proyectos que me fueron asignados se entregaron a tiempo, con un presupuesto aceptable y un elevado nivel de calidad.

A veces sentía vergüenza de, siendo como era Catedrático de Ciencia Informática, tener que estar a las órdenes de personas con un nivel educativo y ético inferior al mío. Una de las cosas que más me dolía era tener que tomar notas en las reuniones, algo que nunca me había gustado hacer y que hacían por mí en el pasado los administrativos de la empresa.

A veces tenía que recorrer los despachos, llamando de puerta en puerta, para que me firmasen algún documento antes de poder enviarlo. Soporté culpas que no eran mías, gritos, vulgaridades y exceso de control, cosas que nunca habían formado parte de mi anterior experiencia laboral. Jamás me había imaginado que iba a llegar tan bajo en mi vida profesional».

Ernest deseaba tener la oportunidad de volver a tiempo completo a la universidad, pero esa puerta no se abría. Había días, momentos muy negros, en los que volvía a casa del trabajo y se sentaba junto a su esposa para contarle la angustia que lo atenazaba, y ambos lloraban juntos. Cuando ya no podía más, un día le dijo: «Me he resignado a dejarlo todo en manos del Señor, Rey de Reyes, el Hijo de David, Jesús de Nazaret».

Por otro lado, agradecido siempre a Dios por Su gracia, Ernest se esforzaba por ejecutar todas sus tareas con excelencia. «Interactuaba con los demás manteniendo siempre un elevado nivel ético y hacía mi trabajo con humildad, con motivación, pasión y esfuerzo». Sin embargo, había días en los que «sin compensación alguna», pasaba la noche en la oficina para poder terminar un proyecto con éxito.

Un día sonó el teléfono.

«Recibí una llamada de la principal empresa de telecomunicaciones en África. Me pidieron que fuese a sus oficinas para mantener una entrevista. Era la empresa por la que el Evangelista de La SCOAN había orado y por la que yo había respondido ¡Amén!».

Hubo dos rondas de entrevistas y varias pruebas psicotécnicas.

El teléfono volvió a sonar.

Era el 24 de enero de 2017, recuerda Ernest con entusiasmo. «Esa empresa, líder en su sector, me llamó para ofrecerme el puesto de Director General: Arquitectura de Seguridad e Información y Excelencia Técnica para toda la empresa, supervisando treinta y cinco países en África, Europa y Oriente Próximo.»

¿Restaurado? ¡Y más aún!

Triunfante ya, Ernest tiene un único consejo que ofrecernos: «¡Sean fieles a Jesús! ¡Sean fieles a la Palabra!»

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